La indecisión y la mujer misteriosa


Con la frustración del otro día me propuse no investigar ni hoy ni mañana, y utilizar mi cabeza solo para pensar en como vivir sin tener que ir a trabajar, exactamente en la misma forma en que lo hago todas las mañanas mientras voy al trabajo. Realmente tuve una mañana normal, visto que el tren tardó los veinte minutos habituales y viajé tan apretado como siempre. Lo inesperado llegó a la tarde, mientras volvía. En primer lugar, se produjo el milagro de haber conseguido un lugar para sentarme en el colectivo, lo cual me hizo creer que mi día iba a terminar de una manera fabulosa, sin saber que esa circunstancia sería la que ocasionaría una de las dudas más trascendentales que tuve, al menos en las últimas dos horas.
Todo se originó aproximadamente a los 15 minutos de abordar el celebre transporte público, denominado burdamente “bondi”, como un derivado de albóndiga, (presumo que por el olor de la gente en el verano al amontonarse). Una mujer ascendió por la puerta delantera, era morocha, de ojos claros, su pelo caía suavemente sobre sus hombros y su mirada era una invitación a brillar. Sin embargo, y no obstante lo dicho, tenía una panza bastante importante, por no decir que era una cerda, lo cual genero en mi cabeza inmediatamente la orden de: “Cedele el asiento que está embarazada”, orden a la cual me propuse acatar, en tanto soy un buen ciudadano que intenta cumplir con los imperativos que la misma sociedad impone a sus miembros. Cuando ya estaba casi decidido a entregar el tan preciado asiento volví a levantar mi mirada como para asegurarme de lo que estaba haciendo, y fue esa segunda lectura de la situación la que me hizo cambiar de idea, al percibir que, efectivamente era una cerda, aunque no por estar embarazada, sino como producto de un desorden alimenticio considerable.
Más tranquilo, y mirando satisfecho para afuera volví a mirar al espécimen y desde otro ángulo de perspectiva volví a creer que estaba embarazada, para luego volver a darme de cuenta de que era simplemente una señora inflada, y asi repetir esta secuencia una y otra vez hasta que finalmente me di cuenta de la gravedad de la situación, producto de una disyuntiva tal que hasta al mas sabio pensador hubiera hecho dubitar. Las preguntas, en definitiva, eran las siguientes:

1) ¿Esta mujer estaba embarazada o empachada?
2) ¿Acaso como podría saberlo?
3) ¿Cuáles podrían ser las consecuencias de una u otra forma de actuar?

Al responder “no tengo la más puta idea” a mis primeros dos interrogantes, pase instantáneamente a la tercera de las preguntas y note que ahí se encontraba el quid (No se como explicar esta expresión en latín, ante cualquier duda consulte a su médico, y si cree que es un animal, esta equivocado, usted está hablando de un cuis) de la cuestión. Digamos que la mujer SI estuviera embarazada, imagínense lo reprochable que sería mi conducta en caso de negarle el asiento, y por si esto fuera poco, me ganaría el odio de la mayor parte del colectivo. Ahora bien, digamos que la mujer NO estuviera embarazada, figurense que despreciable sería mi actitud si le cedo el asiento a la pobre señora, hinchada por vaya uno a saber que delicioso bocado, haciéndole notar a ella y a toda la parcialidad presente que está tan obesa que creí que se encontraba encinta, cuando en realidad encinta de gimnasio es donde debería estar más seguido.
Fue entonces, mis amigos, que resolví mi disyuntiva, y lo hice gracias al resto de los pasajeros, que se paraban y sentaban demostrando que los invadía la misma duda que a mi, pues era tal la ambigüedad de dicha situación que hasta el mismo Cormillot podria haber desconfiado. Finalmente le cedi el asiento, y lo hice porque preferí, a lo sumo, ganarme el odio de una gorda y no del resto de los pasajeros de a pie, que me miraron casi orgullosos de mi actitud, en forma proporcional a la mirada cruel que le propinaron al resto de los que viajaban sentados.
Finalmente, a lo largo del trayecto, se liberó un nuevo asiento, y con él toda la esperanza de descansar mis pies luego de una voraz jornada de labor. Ya no estaba la engordazada (la llamo asi porque finalmente no pude responderme la pregunta Nro 1) que se había bajado 10 cuadras antes subrogándose automáticamente de lugar con una madre que subió con su niñita. Cuando me disponía a sentarme, advertí que a mi lado, y a la misma distancia del asiento habia una mujer, quizas anciana, quizas no, tal vez podría ser que se ofendiera si le dejo el asiento, ninguna señora quiere que la hagan sentir vieja, o puede ocurrir que de veras sea una mujer mayor y deba dejarle el asiento, pensé.
Para acallar las voces de mi cabeza me decidi por la mejor opción que un hombre puede tomar en una situación de este estilo, me bajé del colectivo y me tomé un taxi, donde supe con certeza que viajaría sentado y que ese asiento sería un derecho irrevocable, al menos hasta llegar a mi hogar.